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SANTIAGO, CHILE, 1931 

Writer, literary critic, journalist and Chilean diplomat. Number member of the Academia Chilena de la Lengua, has been honored with numerous awards, among them the Premio Nacional de Literatura 1994 and the Cervantes 1999.

 

During his diplomatic career befriends Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, among others. His name is associated, therefore, to the Latin American Boom. Edwards' leitmotiv was a departure from the usual Chilean literature, it approaches to ruralist and focuses on urban and mesocratics environments from the country.

In Chile it is classified in the literary generation of 1950.

 

In 1971 Salvador Allende's goverment appointed charge d'affaires in the Chilean embassy in the Cuba of Fidel Castro. He remained in this position only three months, and because of his differences with the revolutionary government and his criticism of the totalitarian aspects of the scheme was declared persona non grata. The result of those experiences was his work

Persona non grata (1973), which makes a sober and corrosive criticism of Stalinism and time Cuban society. The book, get the rare distinction of being banned by both the Cuban government and by Chile, earned him the enmity of the political forces of left and created a great controversy among Latin American writers.

Novels: El peso de la noche (1965), Los convidados de piedra (1978),

El museo de cera (1981), La mujer imaginaria (1985), El anfitrión (1988), El origen del mundo (1996), El sueño de la historia (2000), El inútil de la familia (2004), La casa de Dostoievsky (2008), La muerte de Montaigne (2011), El descubrimiento de la pintura (2011-2013).

Stories: El patio (1952), Gente de la ciudad (1961), Las máscaras (1967), Temas

y variaciones (1969), Fantasmas de carne y hueso (1992).

Journalistic work: El whisky de los poetas (1997), Diálogos en un tejado (2003).

Other work: Persona non grata (1973), Desde la cola del dragón (1977), Adiós poeta, biografía

de Pablo Neruda (1990), Machado de Assis (2002), Los círculos morados (2012).

 

Awards and distinctions: Premio Municipal de cuento (1962), Premio Atenea (1965), Premio Pedro de Oña (1969), Premio Municipal (1970), Beca Guggenheim (1979), Caballero de la Orden de las Artes y Letras - Francia (1985), Premio Comillas (1990), Premio Municipal de Ensayo (1991), Premio Atenea (1994), Premio Nacional de Literatura (1994), Premio de Ensayo Mundo (1997), Premio Cervantes (1999), Caballero de la Legión de Honor - Francia (1999), Órden al Mérito Gabriela Mistral (2000), Premio José Nuez Martín (2005), Finalista del Premio Altazor (2005), Premio Planeta-Casa de América (2008), Premio de Letras de la Fundación Cristóbal Gabarrón (2009), Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural de El Corte Inglés (2010), Premio González Ruano de Periodismo (2011). 

 

 

 

 

EL MUSEO DE CERA

 

     "Me siento insatisfecho", dijo el Marqués, y estiró el labio inferior, cruzando las manos gruesas, surcadas de manchas de color tabaco, sobre la empuñadura de plata del bastón. Ella observó que se le habían caído los mofletes, que la piel de la cara se le había puesto algo flácida, y que su mirada, que en el pasado había estado cargada de fuego, cruzada por toda clase de intenciones, se había vuelto opaca, tristona. Ella, por lo demás, tampoco era la misma de antes, y el olor a comida que invadía el salón estrecho, la necesidad de levantarse a cada rato para vigilar la olla, le producían un escozor difuso en la sangre, una sensación de rabia contenida, acompañada de ráfagas de rubor. A pesar de eso, se mantenía derecha, con el hermoso busto erguido, y su piel, con la excepción de las ojeras profundas y de unas arrugas imperceptibles que habían aparecido en la región de los ojos, continuaba intacta, incólume.
 

     "Dirigí los trabajos en persona, sin dejar que me pasaran gato por liebre, y gasté como loco, ordenando, por ejemplo, que hicieran y deshicieran la escalera cuatro veces, hasta dar con el parecido, que volvieran a confeccionar las cortinas del segundo piso, porque la luz en la que te habías paseado, de noche, no tenía nada que ver con ésa, pero no conseguí que la casa quedara idéntica, tal como me lo había propuesto... Hemos entrado de lleno en la era del plástico, de las casas prefabricadas. ¡Imagínate tú!

     El Marqués movió la cabeza, desengañado, y se miró, por encima del bastón, que trazaba la bisectriz de sus piernas, la punta de los botines.
     "Encargué los muebles a Europa. Pero lo que pasa", suspiró, "es que esos muebles ya no se consiguen ni en Europa. ¡Es inútil!"
     Bebió un poco de agua, y se dijo para su capote que incluso el agua, entre aquellas paredes malolientes, adquiría un sabor dudoso.

 

     "Pues bien", continuó, "fui a la casa de la ciudad, a la verdadera, y estuve recorriendo los salones, palpando las cortinas, mirando..." No se atrevió a decirle que había contemplado largamente su réplica en cera, y que había acariciado, también, sus muslos fríos, por encima de las manos huesudas del pianista, en el silencio sepulcral de la sala de música, un silencio que había tragado, hacía un tiempo, las notas de un aria de Verdi, y que había devorado, además, su repentina interrupción, y los suspiros, las palabras entrecortadas, el roce de los dedos, hasta que el leve crujido de la puerta, la sensación imperceptible de una corriente de aire, les había advertido. Le confesó, en cambio, que después de recorrer aquellos escenarios, había caminado sin rumbo alguno, por callejuelas de casas chatas, pintadas de verde y de naranja, donde había niños que jugaban con pelotas de trapo, música de organillos, y putarracas gordas, de jamones al aire, sentadas en las veredas en sillas de paja, con ánimo de escapar de la eterna tertulia del Club, y observando, con sorpresa, pero ahora, curiosamente, sin la menor alarma, con perfecta indiferencia, cómo cundían en los muros los proclamas y las consignas de los partidos revolucionarios, y en ese momento, sumido en esas cavilaciones, la había encontrado cuando regresaba, cargada de bolsas de comida, de las compras.
     "¿Cómo se llama?", preguntó, señalando la niña flacuchenta, de ojos enormes, que se retorcía junto a las rodillas de su madre, como si el caballero desconocido le produjera una mezcla de fascinación y pánico.
     "Giuletta", dijo ella, mirando al Marqués con aire pensativo.
     "Ven, Giuletta!", dijo el Marqués, e hizo el ademán, ligeramente inclinado hacia adelante, de llamar a un gato. Pero la niña, signo de los años que habían transcurrido, veloces, continuó restregándose contra las rodillas de su madre y mirando fijamente al Marqués, deslumbrada por su voluminosa y exótica presencia.

PERSONA NON GRATA

PRÓLOGO

 

A la distancia, después de lo que podría llamarse su primera etapa, creo que este libro es uno de los más censurados de los últimos años. Acumuló censuras oficiales y extraoficiales, explícitas y tácitas, arrogantes y vergonzantes. Sin excluir, desde luego, la más curiosa variedad de acusaciones al autor. El chaparrón permitirá confeccionar una lista de sinónimos y palabras afines: inoportuno, indiscreto, deslenguado, frívolo, vanidoso, feminoide, agente pagado de la CIA, servidor “objetivo” de la CIA, burgués, pequeño burgués, diplomático mediocre, escritor inexistente. 
En Chile careció de permiso de circulación, eufemismo con que se denomina la censura, comadrona de abortos literarios, hasta el mes de julio de 1978. Antes de esa fecha se leyó bajo cuerda, sin excesivo disimulo, y hasta se comentó con profusión y con parcialidad en los periódicos. Hubo una edición pirata, impresa en Valparaíso, del capítulo sobre la visita oficial a Cuba del Buque Escuela “Esmeralda” de la Armada chilena. El capítulo se publicó expurgado, pero conservó el título de vals amable que le di en la primera edición: “Sobre las olas”. Ahora, decidido a seguir el manuscrito original, he suprimido títulos y subtítulos.
      En Cuba no fue necesario prohibirlo. Pertenece a una especie de libros prohibida por definición, contaminada por una forma de inexistencia. Allá se ha llegado al extremo de editar para cubrir las apariencias internacionales, como en el caso de Paradiso, de José Lezama Lima, y de Fuera de juego, de Heberto Padilla, pero esos libros nunca tuvieron una circulación normal. Algo semejante ocurrió en una época en la Unión Soviética. Por ejemplo, con los cuentos de Isaac Babel, editados en diez mil ejemplares y agotados en pocos minutos.
      Son sutilezas del llamado “socialismo real”. Nosotros los chilenos, provincianos que somos, habitantes de una faja remota de tierra, prohibimos un libro editado en el país y éste llega de inmediato, por arte de magia, a los pocos lectores que todavía quedan.
      Los cubanos hacen exactamente lo contrario. Muestran una obra disidente a los invitados extranjeros. Se la dejan en el velador, como dejan la Biblia en los hoteles puritanos de América y Europa del Norte. Apenas se han ido las visitas, tapan la obra con un sombrero de copa después levantan el sombrero, y el libro desaparece hasta de la memoria de los disciplinados lectores. Sólo se lo podrá encontrar en las mesas inaccesibles de los cardenales de la iglesia nueva, junto a otros bienes que también se han convertido en humo, fuera de aquellas mesas privilegiadas, gracias a la aplicación milagrosa de la teoría. 
      Un ex dirigente de la Unidad Popular chilena, en su viajado exilio, tuvo la oportunidad de asomarse a uno de esos lugares misteriosos donde construye el futuro el Líder Máximo. Se habló extensamente de Chile. En medio de la conversación, la mirada del dirigente y la del Líder Máximo convergieron sobre un ejemplar de Persona non grata, que estaba encima del escritorio y que tenía papeles blancos entre las páginas. “Estos libros, naturalmente, yo no los leo”, dijo el Comandante en Jefe, con un gesto que lo cancelaba de una plumada. ¡Naturalmente! 
      En Barcelona, hace algunos años, un par de amigos polacos, conectados con el gobierno de Varsovia, me hizo una visita especial. Sentados en un mesón de las ramblas, frente a un despliegue de “tapas” suculentas, que suscitaban exclamaciones de sospechoso entusiasmo, dijeron: ‘Tú no has escrito nada que nosotros no supiéramos de antemano. Te has limitado a mostrar, como en la fábula, que el rey andaba desnudo. A nosotros nos gustaría mucho poder traducir tu libro, pero habría que cortarle los párrafos subjetivos...”
      “¡Cómo! ” exclamé: “ ¡Si es un texto autobiográfico! ¡Todo, desde la primera línea hasta la última, es subjetividad pura, deliberada y descarada subjetividad! ¡El libro entero se plantea en ese terreno! ” 
      Mis amigos de Varsovia, experimentados en estas lides, sonrieron. Si la situación mejoraba en su país, harían un esfuerzo para publicarlo. La situación, en lugar de mejorar, empeoró muchísimo, como todos saben, y yo me limito a recordar aquella tarde de primavera en las ramblas, esperando que mis amigos sigan con buena salud.
      La reacción de los editores occidentales también tuvo aspectos interesantes. Uno de ellos, muy conocido en Alemania Federal, rechazó el libro antes de recibirlo. Fue un rechazo de una celeridad insólita. El editor, oportunamente, había sido informado de que la publicación sería “inoportuna”. Sus exploradores barceloneses, sus “scouts”, para utilizar la terminología de la profesión, estaban haciendo méritos. En ese final de 1973, sólo era lícito hablar de la represión en Chile. Todo intento de comprender lo que había sucedido, a partir de antecedentes más complejos y más completos, provocaba irritación en las buenas conciencias. Se practicaba, con bombos y platillos, la indignación unilateral: moral hemipléjica, paralizada del costado izquierdo. Un crítico chileno hostilizado en la universidad de los tiempos de Allende; acusado de tibieza; falto de militancia; expulsado, finalmente, a patadas, con ayuda de un plumario termocéfalo de brillante trayectoria posterior; tuvo que organizar su salida a universidades norteamericanas. En esto último, como se demostraría más tarde irónicamente, el crítico no se diferenció de sus detractores. Pues bien, se preparó para salir el once de septiembre, el fatídico 11 de septiembre de 1973, y los acontecimientos de ese día lo obligaron a postergar el viaje un par de semanas. 
      En el aeropuerto del Norte lo esperaba una selva de micrófonos. Se presumía que era uno de los primeros escapados del largo campo de concentración en que se había convertido Chile. El profesor y crítico abrió la boca y los periodistas, perplejos, recogieron sus bártulos. Ahora regresó al país y hace clases en institutos privados de provincia. Enseña materias como redacción comercial y comportamiento en los cocteles. La universidad nueva, bajo régimen de intervención militar y de presupuesto equilibrado, tampoco lo recibe. El, después de su contradictoria experiencia, cerró la boca y sigue sin abrirla.
      Enrico Filippini, que era director literario de la editorial Bompiani, me recibió en Milán, en octubre de 1974, con motivo de la salida de la traducción italiana. Un grupo comunista de Pavía le había  pedido una conferencia sobre Pablo Neruda y él había sugerido mi nombre. Cuando llegué a Milán, acababa de enviar mi curriculum a Pavía. De pronto sonó el teléfono. Los de Pavía, con habilidad florentina, declaraban que estaban desolados. No habían reparado, distraídos, en que la conferencia coincidía con el día de San Francisco. Sucedía que la tradición de ese aniversario impedía celebrar actos públicos. El santo había sido persona modesta, casi selvática. La conferencia, por consiguiente, debería realizarse en una pequeña escuela. Ellos pedían disculpan anticipadas, y me esperaban con los brazos abiertos.
      Filippini fue partidario de ir. Yo, autor disciplinado, acepté. La charla tuvo lugar en una sala íntima. Todas las sillas estaban ocupadas por abnegados militantes del P. C. de Pavía: matronas gordas y hombres robustos, de caras impávidas, que después, en recompensa, me invitaron a beber un whisky en un cabaret, lugar calculado para narradores frívolos. En esos días, Enrico Berlinguer había estudiado el fracaso de Allende y había desarrollado la tesis del “compromiso histórico”. Como puede apreciar el lector, los militantes de Pavía asimilaron la tesis con eficacia admirable: ni cortos ni perezosos, unieron el aniversario del pobrecillo de Assís a la praxis revolucionaria.
      Para ser justo, debo reconocer que la censura fue ejercida primero por el propio autor, es decir, por mí mismo. No escapé del mecanismo infernal de la autocensura y no me sorprendí con los innumerables censores que me salieron al paso. Aplicaban la misma medicina que yo había aplicado en el pasado, como neófito de la izquierda, el testimonio de André Gide, en su regreso de la URSS, o al de Guillermo Cabrera Infante, en sus despedidas habaneras. Mi libro, en consecuencia, pertenece al género confesional en el sentido más estricto de la palabra: acto de confesión y acto de contrición. 
      Para explicar esta edición, que será, espero, la definitiva, tengo que narrar la historia de mi propia censura. Escrito a la salida de Cuba, entre abril de 1971 y abril de 1972, en el primer año de gobierno de Salvador Allende, después de cumplir a tropezones la misión de abrir la embajada de Chile en La Habana, mientras desempeñaba en París, junto a Pablo Neruda, poeta y embajador momentáneo, el cargo de ministro consejero, el libro permaneció guardado bajo siete llaves hasta mediados de 1973, fecha en que tomé la decisión de publicarlo. La decisión implicaba en ese instante, cuando aún no se había producido el desenlace final del allendismo, el alejamiento definitivo de la “carrera”, en cuyo paraguas protector y a la vez, para desengaño de incautos, tiránico, me había podido refugiar durante 17 años.
      Pasé entonces el texto a máquina, puesto que lo había escrito a mano, con rotuladores gruesos, en grandes cuadernos de dibujo, y suprimí páginas que me parecieron excesivamente personales, como ésas del “Paréntesis portugués”, crónica íntima y melancólica de una noche pasada en una dictadura de derecha, después de haber vivido con breve intensidad la experiencia de la dictadura que se supone del proletariado. Suprimí, sobre todo, pasajes demasiado conflictivos en esos días de crisis chilena, o comprometedores para personas que continuaban viviendo en Cuba. Había, para colmo, alusiones al franquismo, ya que el buque escuela chileno había hecho escala en Barcelona después de zarpar de La Habana, situación que se prestó para comparaciones escabrosas, y el libro tenía que ser editado en la España de Franco. 
      En buenas cuentas, dentro de su rico historial de censura, el primer censor de este libro fui yo. Y lo fui en dos etapas, de dos maneras diferentes, ya que cuando estaba por publicarse, después de aquellos cortes prudentes que había hecho al pasarlo a máquina, las presiones de la más variada especie, las connotaciones terribles que adquiría el drama chileno, me obligaron a redactar explicaciones, notas, justificaciones, agregados que llegaron a ocultar, me parece ahora, el texto. El original, por ejemplo, entra de lleno, desde la primera línea, en una atmósfera de sospecha, de conjeturas, de angustia, que durante muchas páginas resulta inexplicable, y que nunca, a lo largo de la narración, se explica del todo. La atmósfera de secreto, el misterium regni, el antiguo y renovado arcano del poder, impedía e impedirá siempre una visión completa de estos casos. El mosaico se construye con lentitud, pero hay piezas que desaparecen para siempre. No puede ser de otra manera. Por eso es saludable entrar de inmediato en una zona de subjetividad pura. Pues bien, en el texto publicado inserté a última hora alrededor de 15 páginas iniciales puramente descriptivas, que no corresponden para nada al estilo del relato y que ahora he procedido a cortar sin el menor escrúpulo.

      También he repuesto, sin escrúpulos mayores, el 95 por ciento de los párrafos suprimidos. Digo 95 por ciento porque todavía subsisten menciones en el original que podrían causar daño a personas vivas e inocentes. En algunos detalles particularmente indiscretos, la autocensura ejerció su efecto paralizador incluso en las sesiones matinales de trabajo. Sólo quedó una huella en la memoria: el papel siguió en blanco. Mi última conversación con Lezama Lima para citar un buen ejemplo. Lezama me insistía en que fuera a visitarlo a su casa de la calle de Trocadero, en un deseo que resultaría póstumo y que los compromisos del protocolo y de las despedidas me impidieron satisfacer. Es una de las omisiones de las que más me arrepiento. Pero nos encontramos una noche entre amigos, comiendo, bebiendo, fumando tabacos que adquirían para ellos, para esa alegre compañía, carácter mitológico. El Supremo ya había enarcado una ceja y esa etapa de regocijo desprevenido terminaría pronto, de un modo inapelable. Sólo se mantenía, en esos días de mediados de marzo de 1971, la ilusión de su posibilidad. Lezama, Buda asmático, ocupaba un sillón ceremonial, y yo, recordando su intención de conversar conmigo, me senté al lado suyo en una silla baja. El se inclinó con esfuerzo, lanzando bocanadas de humo.
      “Y usted, dijo, ¿se ha dado cuenta de lo que pasa aquí?”
      “Sí, Lezama”, le contesté.
      “¿Pero se ha dado cuenta, insistió, de que nos morimos de hambre?”
      “ ¡Sí, Lezama! ¡Me he dado cuenta!”
      Como sucedía siempre en esas reuniones, la comida, la bebida, los tabacos, habían sido conseguidos gracias a mis prerrogativas diplomáticas, detalle que el Poder calificaría como una provocación intolerable.
      “Es de esperar que ustedes, en Chile, sean más prudentes”, dijo el poeta.
      “Es de esperar”, dije. 
      Si suprimí los añadidos de última hora, mantuve, en cambio, como un todo separado del texto central, el “Epílogo parisino”, escrito en Calafell y en Barcelona en octubre de 1973. Amigos de buena voluntad me han observado que el libro irritó a la mitad de la gente y el epílogo a la otra mitad. Puede que tengan razón, pero ocurre que el libro, con ese doble filo, también ha conquistado otros amigos. Me ha permitido vivir más aislado y a la vez en mejor compañía. Escogí esta condición a conciencia y no me quejo en absoluto. No deseo volver a ningún redil. 
      Lanzo el libro así, entonces, como Dios lo echó al mundo y lo hago, por fin, con un suspiro de alivio, sintiéndome capaz, por primera vez, de olvidar “todo este desagradable asunto”, como dijo en una carta Pepe Rodríguez Feo. Desde el instante de su primera publicación, en diciembre de 1973, su historia estuvo llena de enseñanzas, de paradojas, de revelaciones y decepciones. De Cuba recibí mensajes misteriosos y algunas señales, señales remotas, que había que descifrar. En Nueva Orleans, en una charla universitaria de fines del año 80, un cubano viejo se levantó al fondo de la sala y dijo que él había leído el libro en la fortaleza de El Príncipe, donde había estado preso durante 15 años. Había tenido que pagar diez pesos, equivalentes, al menos en la teoría económica del fidelismo, a diez dólares, para adquirir el derecho de lectura clandestina. ¿Qué más podría pedir un autor, aun cuando no percibiera el diez por ciento de aquellos derechos singulares? En esta época de tirajes inflados y sostenidos con música de guarachas y propaganda televisiva, la obra estuvo a mitad de camino entre el “samizdat” y las publicaciones normales. ¿Fue un caso premonitorio, un anticipo de la mirada omnipresente del Hermano Mayor? Veo todavía a los jóvenes críticos de Madrid y de Barcelona rasgándose las vestiduras, sofocados de indignación.” ¡La oportunidad estaba mal escogida! Había que “morir pollo”, como decimos en Chile. Es decir, colocar la cabeza con docilidad para recibir el machetazo de la cocinera. Recomiendo, a este respecto, las siguientes lecturas: La gallina degollada, de Horacio Quiroga; las memorias de Nadejda Mandelstam; el último discurso de Isaac Babel en la Unión de Escritores Soviéticos. 
      Aprendí en carne propia que la literatura, el periodismo literario, la edición, la cátedra, los cafés de la ribera izquierda del Sena y de las capitales de América Latina son verdaderos nidos de censores, de soplones vocacionales, de hombres de cabezas cuadradas, que sólo saben intercambiar esquemas, ideas recibidas, naipes sobajeados y marcados. Esclavos de la consigna, como dijo antaño, con su lucidez habitual, Vicente Huidobro. Falta un trabajador voluntario que ponga el diccionario de Flaubert al día.
      Las autoridades chilenas, desde luego, también estimaron que el momento de la publicación había sido inoportuno. Era cierto que Fidel Castro bajaba de su pedestal y quedaba en pantuflas, pero ¿por qué se me había ocurrido incrustar ese maldito epílogo? ¿Qué tenía que ver? ¿No habría sido escrito por encargo de los editores europeos, cómplices complacientes o miembros activos de la Inspiración internacional contra Chile? Examinaron el caso con lupa midiendo los pros y los contras, y sólo autorizaron el libro cinco años más tarde, en los días de mi primera visita al país después de los “sucesos chilenos”. En esos días, en una reunión social, un personaje creyó necesario advertirme que en Chile jamás se había ordenado quemar libros después del ll de septiembre de 1973, a pesar de lo que yo, mal informado, consignaba en ese epílogo escrito desde fuera. Cuando hablaba de lo que había vivido en Cuba en carne propia, acertaba medio a medio, pero cuando repetía historias sobre Chile que no había conocido de cerca, cometía un acto de flagrante injusticia de lesa patria. En cuanto a las cacareadas quemas de libros, lo que había ocurrido era que unos soldados, mientras practicaban un allanamiento en una calle céntrica, en una noche de intenso frío, habían cogido unas despapeladas ediciones de Moscú, de ésas que se repartían en el país por toneladas, y en un minuto de distracción de sus jefes las habían tirado a una fogata donde se calentaban las manos. En esos precisos instantes había pasado un periodista de Nueva York, adherente entusiasta a la conspiración foránea, y había difundido la noticia por los télex del universo entero. 
      No era, desde luego, una versión oficial. Era la explicación de un simpatizante comedido, y sirvió para estimular las risas y las bromas de una sobremesa amable. ¡Todo era porque los soldados tenían frío! Quedó demostrado que los chilenos, en esos días de mi regreso al país a mediados de 1978, ya empezaban a recuperar el sentido del humor. Después, como se sabe, el humorismo nacional ha seguido un ritmo de aceleración vertiginosa.
      Entrego el libro, entonces, en su versión original y definitiva, libre de los estragos de mi propia censura y de la ajena. Lo entrego dispuesto a observar cómo se acomoda con su destino, pero a observarlo, esta vez, desde la distancia, libre de temores y ansiedades, como si se tratara de la obra de otra persona, o del caso de otro que yo he tratado de narrar a mi particular manera.

 

 

 

Prólogo de la edición de Persona non grata, de Jorge Edwards para Editorial Seix Barral.
En esta edición se publicó por primera vez el manuscrito
original y completo de este libro.

 

 

Festival de Poesia Ileana Espinel Cedeño - Guayaquil 2019